Junio 10, 2001


Cuenta regresiva para McVeigh

El hombre que puso a temblar a Estados Unidos al atentar contra un edificio federal, en 1995, estaba convencido de que su labor como patriota era enseñarle al Gobierno una lección que nunca olvidara

 

EDYMAR ABLAN PACHECO

EL UNIVERSAL, 10-06-2001

Se inició la cuenta regresiva para Timothy McVeigh. El terrorista que estremeció Estados Unidos en abril de 1995 abandonará mañana su celda en el pasillo de la muerte de la prisión de Terre Haute, Indiana, para ser conducido a un pabellón donde una inyección pondrá punto final a su vida.

Nacido en 1968 en Pendleton, Nueva York, McVeigh fue un joven como cualquier otro. Proveniente de un hogar fragmentado, se interesó poco en la escuela, los deportes o incluso las chicas. Su única pasión eran las armas, y para pagarlas se convirtió en guardia de seguridad. También se sintió atraído por los explosivos, y aprendió a hacer cocteles molotov.

A los 20 años ingresó al Ejército, que resultó ser la clase de reto que el joven necesitaba. Fue un soldado modelo. Destacó por su perseverancia y empeño. En 1991 participó en la Guerra del Golfo y se hizo acreedor de una Estrella de Bronce.

Terminada la guerra su vida se desplomó. El agotamiento psicológico y físico de la experiencia truncó su carrera militar, fallando en los exámenes de admisión a la unidad especial de los Boinas Verdes. A los 24 años se vio de regreso justo donde había comenzado: viviendo con su padre y trabajando como guardia de seguridad.

McVeigh había desarrollado un odio feroz contra todo aquel que se aprovechara de los débiles, y paulatinamente su odio se hizo extensivo al Gobierno. Vociferaba y arrojaba objetos contra el televisor cada vez que veía una noticia en la que se ponía en evidencia la 'ineptitud' de las autoridades.

Estaba convencido de que su labor como patriota era enseñarle al Gobierno una lección que nunca olvidara.

'Norteamérica está declinando. ¿Hace falta que se derrame sangre para reformar el sistema?', escribió una vez.

En 1993, su rabia contra las autoridades llegó a su clímax, cuando fue testigo de la debacle que siguió al asedio de la secta apocalíptica de Waco, Texas. En su opinión, lo ocurrido allí era el ejemplo más claro de la arrogancia de la policía federal en su trato con la población.

El 19 de abril de 1995, en el segundo aniversario de la tragedia de Waco, McVeigh puso en acción su ya meditado plan, y se dirigió con un camión cargado de explosivos al edificio federal Alfred P. Murrah. 'Mucha sangre va a ser derramada el día de hoy. Va a sufrir gente inocente, pero no hay otra opción', pensó.

A las 9:03, cuando el día de labor recién comenzaba, el edificio se estremeció. 'Vi el techo caer y el piso levantarse', relató la sargento Clarence Thompson. El escenario quedó pronto convertido en un campo de guerra. Algo que los estadounidenses imaginaban que sólo podía ocurrir en Beirut, Bagdad o Tel Aviv. El suelo se sembró de escombros, sangre y cadáveres.

168 personas perecieron en la explosión, incluyendo 19 niños.

El terrorista escribió: 'bombardeé un edificio gubernamental donde trabajaban empleados que representaban a un gobierno que abusa del poder'.

'Espero ser condenado, y que se me imponga la pena de muerte', confesó a un psiquiatra.

Y así fue. Mañana a las cinco de la mañana McVeigh se reunirá por última vez con sus abogados. Las llamadas se cruzarán entre la Casa Blanca y las diferentes cortes hasta incluso diez minutos antes de la ejecución, a las 7:00 am. Si no se ordena una prórroga, el terrorista de Oklahoma quedará en manos del verdugo de Terre Haute, y cerrará los ojos para siempre.

McVeigh murió sin arrepentirse 11-06-2001

El presidente George W. Bush sentenció, luego de la ejecución, que el terrorista 'corrió la suerte que eligió para sí mismo hace seis años'

Terre Haute, EEUU.- A las 6:30 am (hora de Indiana), Timothy McVeigh fue conducido a la cámara de la muerte de la cárcel federal de Terre Haute. A las 7:06 fluía un coctel químico por sus venas y a las 7:14 el director del centro penitenciario, Harley Lappin, certificó su muerte.

Estos fueron los últimos minutos de la vida del terrorista de Oklahoma, relató DPA. Frente a la ventana de la cámara de la muerte tan sólo se permitió el acceso a diez testigos por parte de las víctimas. La última comida la tuvo 18 horas antes de la ejecución: un helado de menta con chocolate.

Poco antes de recibir la inyección letal, McVeigh fue trasladado a la ducha y se le dio una camiseta limpia y unos pantalones de color claro. Cuando se descorrieron las cortinas de la ventana de la cámara de la muerte para cerca de 30 testigos directos, McVeigh estaba atado en la camilla y la aguja de la inyección letal había sido introducida en su pierna derecha.

Minutos antes de exhalar su último suspiro, McVeigh alzó la cabeza, estiró ligeramente el cuello e intentó reconocer a todos los que serían testigos de su ejecución.

Después de pasear su mirada por el cuarto, McVeigh volvió a reposar su cabeza rapada y miró a lo alto, aparentemente concentrado en la cámara que transmitía en circuito cerrado su ejecución a 232 sobrevivientes y representantes de víctimas, a 1.000 km del penal.

Lappin preguntó a McVeigh si tenía algo que decir. La cabeza de McVeigh seguía tiesa, con los ojos mirando la cámara, casi sin pestañear. Al momento de fluir la primera sustancia química, McVeigh tragó saliva. El pecho empezó a subir y bajar y sus labios dejaron salir el aire dos veces, como si tratara de estar consciente, narró AP.

Los ojos de McVeigh seguían abiertos, pero empezaron a empañarse. La piel pálida adquirió un tinte amarillento.

A las 7:11 un guardia dijo que se había administrado la segunda droga. Los labios del condenado empezaron a azularse. Estaba inmóvil. Tenía los ojos abiertos. Eran las 7:14. Todo había concluido.

El presidente George W. Bush sentenció, poco después, 'corrió la suerte que eligió para sí mismo hace seis años'.

El Consejo de Europa consideró la ejecución 'lamentable, patética y errónea'.

Casi nadie contaba con que el reo se lamentara de su acto en el último minuto, y así fue. McVeigh se despidió citando en un escrito Invictus (1875), un poema de William E. Henley que exalta la grandeza del espíritu humano.

 


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